_falua_

3 10 2008

Ayer me dediqué a mí. Sin más. Me levanté, cogí tres o cuatro cosas que supuse podría necesitar y me fui a La Manga a pasar el día. Tenía intención de ir a casa lo que ocurre es que cuando llegué allí la soledad que había era tan grande que preferí buscar algún lugar no tan ‘solo’. Así que pensando en posibles sitios en los que pudiera estar a gusto en La Manga, que recordara yo así me decidí por el Puerto de tomás Maestre. Es una de las partes más viejas, de las primeras ‘zonas’ de tiendas y bares, etc. que había y creo que la única que aún se escapa y conserva ese sabor agradable capaz de contagiar a uno de alguna sensación buena, cosa que nunca ocurre en cualquiera de las nuevas urbanizaciones que hay, enfocadas todas del mismo modo, siguiendo los mismos cánones, etc. Así pues acabé en La Falúa, un bar, el único al que he ido, de allí. Paredes de madera, terraza mirando al puerto deportivo, orientado al oeste… música agradable y eso en una mañana en la que no había casi nadie, la justa para no sentir demasiado la soledad de fuera, que bastante tiene uno con la suya. Y así y allí pasé casi todo el día hasta que por la noche (por la tarde nos vimos) fui a casa a dormir. Esta mañana me he levantado y después de un café allí me he venido a Cartagena, regresando a… no sé, a las cosas de cada día.

Supongo que no llegué a desconectar de ellas tal vez ayer, pero imagino, quiero pensar, que estando allí, fuera de los espacios que tan familiares me resultan, fuera más sencillo intentar encontrar respuestas. Las tenía ya, muchas veces conocemos las respuestas, sólo que las obviamos y las pasamos por alto, no creemos que sean las que responden a nuestras preguntas sino las que debemos emplear para contestar las preguntas que nos hacen otros. Ayer no dejé de pensar en las cosas que quiero, en las cosas que creo que tengo que hacer para conseguirlas… y así pasé el día. ¿Hacia dónde debo caminar mañana? ¿Qué está bien y qué está mal? ¿Debo hacer esto o aquello? Me encantaría tener un Urim y un Tumin… La cuestión es que creo que sé qué quiero. Pero evidentemente no sé qué elecciones debo tomar ni que caminos debo recorrer para alcanzarlo. Y pienso que no lo sabré nunca. Puede que eso precisamente sea lo que hace que la vida, cada día, sea interesante y merezca la pena vivirlo. Porque seguro que en la búsqueda de nuestro ‘sueño’ encontramos cosas que no creíamos ni pensábamos encontrar, sorprendentes y fascinantes desde luego. Por eso merece la pena encontrar el modo de seguir adelante.


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